sábado, 28 de enero de 2017

Historias de vestuarios - Segunda parte

Historias de vestuarios - Segunda parte

  Al parecer, muchos hombres disfrutan estando desnudos. No son la mayoría, pero sí que hay un porcentaje que no tiene el más mínimo pudor en compartir toda su desnudez con el resto de las personas de su género, y también con el género opuesto.
  Como conté en mi relato anterior, he conocido varios de estos ejemplares de nudistas en los distintos trabajos en los que tuve oportunidad de ser contratado. Más bien algunos parecen ser tan calentones que disfrutan de la desnudez como parte de la sexualidad, y además como una acción de libertad hacia sus placeres y hacia sus cuerpos.
  Dos de estos fanáticos de la desnudez eran Elías y Oscar. Con ambos trabajé en distintos lugares y en ciudades distintas pero contiguas. De ambos pude guardar sus teléfonos, y aún después de no trabajar más con ellos, mantuve un contacto y de vez en cuando nos encontrábamos.
  Siempre que podía tomábamos una cerveza. Ya sea con uno o con otro a intervalos de semanas, pero nunca los tres juntos. Salíamos a comer una pizza entre amigos o a mirar un partido.
  Creo que los dos se dieron cuenta de mis inclinaciones sexuales, pero parece que no se animaban a insinuar nada. Algunos hombres esperan que uno sea el que toma la iniciativa. Y así fue que, con algunas cervezas de más, un día me animé. Empecé a mandar mensajes y me respondieron bastante complacientemente. Como ya tenían una idea de lo que a mí me pasaba, aceptaron encontrarse conmigo, y para mejor de todo, ¡los dos al mismo tiempo!
  Convoqué a ambos en mi casa para esa misma tarde-noche. Elías y Oscar no se conocían, así que los presenté y mientras mirábamos un partido empecé a decir:
-Creo que es hora de tomar acción-
  Comencé por quitarme yo la remera. Me quité los zapatos y me arrodillé enfrente de Oscar. Le acariciaba el bulto por sobre el pantalón y me di cuenta de algo emocionante: ¡se había venido sin ropa interior! ¡Es lo que más me gusta en el mundo, un hombre desnudo debajo de tan poca ropa por la calle y por la vida!
 Mientras le desabrochaba el pantalón y bajaba su cierre, vi emerger esa verga que tantas veces había visto, pero esta vez tan cerca de mí, y para toda mi emoción, podía tocarla, chuparla, acariciarla y disfrutarla sin tapujos.
  Una cosa que no dije sobre Oscar es que estaba circuncidado. Es algo poco común entre los varones argentinos. Pero a él lo circuncidaron cuando era chico por un problema en su prepucio, que estaba demasiado apretado y no lo dejaba orinar. Así que simplemente, los doctores, se lo quitaron.
  A medida que destapaba y empezaba a chupar la verga circuncidada de Oscar, Elías ya se había quitado toda la ropa (algo que no le costaba mucho). Su hermoso cuerpo desnudo se lucía ante mí, pero esta vez muy excitado. Empezó a acariciarme la espalda, con sus manos bajando hasta mi cintura, desabrochándome el pantalón por delante y descubriéndome el trasero.
  Yo hasta ahí tenía bien agarrado a Oscar y no lo soltaba, hasta que él mismo tomó un impulso y se quitó el pantalón y la remera.
  ¡¡¡Por fin mi sueños de tener a esos dos hermosos hombres desnudos, calentones y machazos se hacía realidad!!!
  ¡¡Esta vez eran míos y no los iba a desperdiciar!!
  Utilicé todos mis conocimientos en las artes amatorias. Cuando Elías me sacó el pantalón fui hasta un cajón y saqué un lubricante en gel, me lo pasé por mi tierna colita y le acaricié todo su miembro erecto con el gel, lubricándolo hasta el último centímetro. Su vello púbico sin depilar resplandecía con las luces, y sus hermosas bolas colgaban como un adorno rojo y caliente, balanceándose mientras yo acariciaba su verga por entero.
  Volví a chupar la verga de Oscar y su cara demostraba un gran sentido de placer. Lo hice como tantas veces lo hice, pero esta vez con mucho más fuerza en mi boca, en mis labios y en mis manos. Chupaba rítmicamente acompañando los movimientos de mi cabeza y mi boca con una mano habilidosa, yendo y viniendo hacia arriba y hacia abajo apretando con mucha fuerza.
  Todos los hombres sabemos que no hay nada más feo que una chupada tibia. Una chupada sin ganas o con poco ímpetu te puede hacer acabar, pero no es lo mismo.
  Por eso los machos heterosexuales saben y prefieren a un homosexual para hacer esos trabajos antes que a una mujer.
  A la vez que mamaba la pija de Oscar, Elías me empezó a penetrar por detrás. Yo gemía como una putita en celo. Y parecía que mis gemidos alentaban más su penetración sedienta de sexo caliente. Me cabalgaba como un jinete desenfrenado. Golpeaba mis glúteos con toda la fuerza de su cuerpo, adelante y atrás, arriba y abajo mientras me jalaba de los hombros y del pelo. Lograba una penetración completa y cada golpe de su cuerpo y su pija tiesa balanceaba sus enormes bolas que castigaban contra mi cuerpo.
  Mi éxtasis era absoluto. Los dos estaban en lo más pleno de su virilidad y su juventud, y usaban todas esas virtudes para deshacerme en halagos sexuales.
  Oscar me penetraba por la boca como si me estuviera cogiendo. Su verga y bolas depiladas se sentían muy suaves al tacto de mis manos y mi boca.
  Decidí intercambiar y los giré a ambos. Puse a Elías sentando en el sillón y a Oscar a que me penetrara. Fue algo fabuloso. Me cogían entre los dos a su ritmo y a su placer. Me hacían deleitar con sus cuerpos masculinos, fibrosos y transpirados. Me transporté a un lugar de placer que nunca había sentido antes: estar con dos machos heterosexuales, dos hombres casados olvidados por sus mujeres, y que ahora se "desquitaban" sexualmente conmigo, con toda esa calentura guardada por meses o por años.
  El momento culminante fue cuando decidí pedir a los dos que me penetraran al mismo tiempo. Tuve que levantarme e ir por el lubricante que había quedado por ahí. Lo encontré y me lo pasé otra vez por la cola, luego se los unté a los dos en la verga y me senté en la pija durísima de Elías. Luego Oscar empezó a empujar desde atrás. Parecía que no iba a entrar. Hacía un intento y otro, y no entraba. Se puso otro poco de lubricante y siguió empujando hasta que entró toda su hermosa verga blanca y dura.
 Los dos se balanceaban con su cuerpo caliente y transpirado, respirando sobre mí. Sus cuerpos transpirados olían a hombre trabajador y sediento. Sediento de sexo, de cerveza, de lujuria y de una putita como yo que los complaciera como sólo yo lo estaba haciendo.
  -¡Cojeme!- Le pedía a Oscar.
  -¡No te detengas!
  -¡Cojeme! Le pedía a Elías. -¡Cojeme, papito por favor!-
  Y mientras uno y otro se movían a su ritmo y también al unísono, a veces se salía una verga y la volvían a meter.
  Yo era toda una muñeca de trapo en sus manos. Un artilugio sexual humano solamente hecho para su placer. Fui creada para satisfacer a estos dos hombres desquiciados, enloquecidos de sexo. Sobre aquel sillón se apoderaron de mi tierna humanidad. ¡Y yo muy feliz que estaba!
  Me cogieron y me cogieron. Me penetraron los dos al mismo tiempo y a intervalos, hasta que se sintió el primer alarido de placer con los dos dentro mío. No se cuál de los dos acabó primero, pero ni bien acabó uno, el otro empezó a gemir de placer también y a acabar como un buey. Me llenaron de leche ese apretado agujerito mío. ¡El sueño máximo de todo gay se me estaba haciendo realidad! ¡Rodeado por estos dos machos abrazándome, cogiéndome, apretándome, amándome al mismo tiempo, llenándome de calor, de placer y haciéndome sentir todo su rigor viril al mismo momento!
 No aguanté más y acabé sobre ellos también. Fue un éxtasis absoluto. Un momento que recordaré para toda mi vida, y que mi cuerpo también recordará, por los dolores que tuve toda esa semana. Pero valió la pena. Valió todo el esfuerzo, el sufrimiento y la espera para contar en mis anécdotas que me encamé con dos machos hermosos y que lo disfrutaron ellos tanto o más que yo.




Todos los derechos reservados a su respectivo autor. El post es de mi total autoría y no contiene partes extraídas de ninguna otra fuente. Los hechos son inspirados en la realidad pero matizados con un gran porcentaje de ficción. Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia.

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